domingo, 23 de octubre de 2011

La planta de luz

La planta de luz
Monumento en Treptower Park
Recuerdo del pasado soviético de Berlín
La temporada de secas se había adelantado tanto que en algunas partes de la loma, la tierra comenzaba ya a desquebrajarse y, antes que los hombres bajaran al valle para la pisca y los jóvenes emigraran al Norte, habría que reparar los tejados y preparar los carretones para el grano. Lupe, la kuhkutzi, la más vieja entre las viejas, se detuvo ante el montón de varillas y ladrillos frente al Comisariado Municipal y elevó la mirada al cielo. Ya su vista no era tan aguda como antes pero distinguió un par de zopilotes volando en círculos por arriba de la cañada. Se encomendó al Santo Entierro pues no le resultaba difícil interpretar el presagio y, sin pensar más, continuó rumbo a los campos con su canasta de comida.
Ya los alteros de materiales se habían convertido en un obstáculo cotidiano en el ir y venir del pueblo cuando, correteándose entre nubes de polvo, arribaron dos camionetas. Tan destartalada y pelada una, como flamante y nueva la otra; ambas ataviadas en sus puertas con el escudo del estado; sus conductores: un chaparro con cabello a casquete corto de quijada prominente y otro más moreno de tan poblados bigotes como abultado su abdomen. Apenas se hospedaron en la pensión de doña Roberta, por el altavoz del Comisariado, convocaron peones para una nueva obra. Se hacían llamar los ingenieros y entre ellos se gritaban: ¡oye, Sanbigotes! y ¡qué tú, Quijadas!
Jesús, como todos, esperando para la siembra las aguas que todavía tomarían varios meses en formarse en la montaña, llegó al patio de la pensión al llamado de los ingenieros. Su hijo que había llegado con él, se entretenía con una rama dibujando patrones en el piso. En eso el bigotón surgió de una de las habitaciones. Traía grueso cinturón piteado y los bordados en blanco llamaron la atención de Griseldo que se acercó y se acomodó sobre una piedra para observarlo mejor. El ingeniero como en un rezo fue contando al grupo y le informó el total a su compañero. El Quijadas anunció:
–Hasta allí, hasta el del sombrero
Todos los trabajadores se miraron unos a otros. Griseldo, sin siquiera voltear a verlos, tradujo a su lengua las palabras del ingeniero. Los peones se señalaron los sombreros y comenzaron a reír.
Doña Roberta ya estaba echando al niño metiche cuando el Quijadas le pidióque le convidará un refresco al chamaco y le indicó a Griseldo que esperara a un lado.
El ingeniero prognata dirigió de nuevo su vista al grupo. Subió la mirada desde los huaraches, recorrió los calzones de manta de unos, los pantalones rotos de otros; su revisión pasó por los morrales de colores y llegó hasta los sombreros de paja, observó también los rostros, muchos más morenos que él pero también algunos menos. No logró individualizarlos. En el fondo, para él, todos eran iguales: sombrerudos; indios patarrajadas. Entonces, tratando de salir del paso, señaló extendiendo su quijada hacia Cirilo quien, con sus habituales aspavientos, conversaba con Jesús.
–Hasta allí, hasta el flaco alto; a los demás pueden irse jalando pa´sus casas –y le pidió a Griseldo que tradujera.
Así la mitad del grupo, hasta donde se encontraba Jesús, obtuvieron trabajo. Cirilo, su amigo, formaba parte de los que habían rechazado, levantando los brazos maldijo en watari, pero el Sanbigotes, comparándolo con el padre de Griseldo, lo reconoció fuerte y empeñoso por lo que le preguntó como se llamaba:
–Cirilo Molina, pa´servir a uste´.
Sin más, le pidió que se incorporara al grupo.
Griseldo, traduciendo las instrucciones del Sanbigotes, les indicó que plasmaran la huella de su pulgar en unos contratos que nadie entendía y que estuvieran el día siguiente temprano pues llegaría el jefe de la obra.

Ya pasaba de medio día cuando, asomando por el oriente, tratando de esquivar las culebras de aire que ya cansadas de arrastrar las tripas comenzaban su ascenso hacia las nubes, había aparecido la avioneta roja de Juanjosé. Hasta los de la judicial respetaban al joven piloto porque sólo él se atrevía a volar entre esos vientos de la tarde que, como seres del cielo, peleaban con cualquiera que se atreviera a violentar su enojo. Esta vez, tanto meneaba el ventarrón al aparato que las mujeres, todavía con las piernas sumergidad en el río, una a una fueron interrumpiendo su fregar para elevar su rostro al cielo. Incluso los hombres se detuvieron a mitad de la plaza para mirar al avión esquivando las corrientes.
Aunque sus alas se inclinaban hacia arriba y abajo, la avioneta empezó a descender. Don Juan con su gruesa humanidad corría de uno a otro lado de la pista. El gordo encargado del radio, sudando y bufando, y corre y que corre, espantaba dos vacas y mientras las perseguía echaba gritos a los chivos y algunas patadas a los puercos. Dos veces Juanjosé intentó tomar pista, pero las culebras se les enredaban sin permitirles bajar. Don Juan trataba de recuperar el aliento, cuando Cirilo le señaló que la avioneta intentaba de nuevo aterrizar. Otra vez agitando su sombrero corrió para alejar a los puercos.
Dando un par de tumbos, la avioneta colorada tocó suelo; ni se había detenido cuando su puerta se abrió y escupió a un muchacho de cabellos engomados y piel cetrina. Rebotó un par de veces y, nada más sus manos palparon la firmeza del suelo, se torció como babosa en sal volcando el estómago, enrojeciéndose como rábano con el esfuerzo y hasta arriba de la loma escucharon sus rugidos.
Después de limpiarse con uno de los papeles que le alargó el Quijadas, con la mano en la cabeza acomodándose los mechones que intentaban disfrazar su joven calva, el recién llegado despidió al piloto que inmediatamente despegó otra vez retumbando entre los vientos. Tan luego saludó a sus ayudantes tomó posesión del vehículo más nuevo, trepó junto con bigotón para que le diera “el parte” de la situación y regresaron hasta la pensión. Con un palmo de narices habían dejado al comisario municipal que llegaba a saludar al ingeniero y que tuvo que andar de nuevo el camino de regreso al pueblo.
Tras inspeccionar los cuartos con la nariz fruncida como si todo oliera a mierda, echó al prognata de la que consideraba la menos mala habitación y afirmó que la próxima vez no tendrían que traer sus propias sábanas, cosa que a la patrona no le hizo ninguna gracia.
Al día siguiente, sentando a la sombra, con una cerveza a un lado que diligentemente le había traído el bigotón, conoció al grupo de trabajadores.
–A ver Quijadas, llévate una mitad para colocar los postes y tú, Sanbigotes, los demás para el cuarto de máquinas –y, sin decir otra palabra, volvió a posar sus labios como un beso contra la boca de la botella. El Sanbigotes se acercó y entonces su jefe, con una mueca, observó al pequeño muchacho que acompañaba a su empleado. El bigotón afirmó que les sería de ayuda: hablaba bien español y se conformaba con las comidas. Así que le pidieron a Griseldo que llegara temprano cada día y esperara afuera de la pensión por si hicieran falta sus servicios como mandadero.
El ingeniero prognata condujo a siete de los peones, entre ellos Jesús y Cirilo, a recoger picos y palas para agujerar los fosos. Habían previsto, a razón de cinco por día, terminar ese trabajo en una semana, pero a los dos días no habían perforado sino sólo tres agujeros. El jefe reclamaba y reclamaba, y el subalterno insistía sorprendido que por cada piedra que sacaban aparecían dos más, así que pusieron a todos a hacer agujeros, y pasados tres días, todo el lado mestizo del pueblo comenzó a parecer en estado de sitio: los alteros de piedras y tierra por un lado, agujeros en las pocas banquetas, y ladrillos y costales estorbando todos los pasos.
Lupe, la más vieja, cuando pasaba por allí, miraba a uno y otro lado como buscando algo, se santiguaba y continuaba sus quehaceres.
Griseldo, como se lo habían pedido, entusiasmado por el trabajo, esperaba cada día afuera de la pensión, pero cuando nadie lo llamaba, se escondía detrás del árbol del bule, se desataba el pantalón de manta y comenzaba duro y recio a jalarle el cuello al ganso hasta que, un día, doña Roberta, por los jadeos, se asomó por la ventana mientras se bañaba, salió toda mojada, y con una vara de zapote correteó al chamaco.
Nada más acabaron de perforar todas las esquinas, por la radio de don Juan solicitaron los postes a Tepic que comenzaron a erguirlos tan altos como la bandera que levantaban durante la fiesta de la judéa.
Poco después el grupo del Sanbigotes comenzó con la construcción de una casa, con muros bien altos y un portón donde fácilmente podría entrar un autobús. Dos trabajadores de Tepic que llegaron en el camión de los postes, trepados en los palos, los comenzaron a amarrar uno a otro. Que pa´la luz, decían. Que había que apurarse porque el señor gobernador iba a inaugurar los trabajos antes de las elecciones. Hasta el comisario ya había mandado limpiar la placa del puente colgante y a darle su mano de pintura.
El sábado ya todo parecía como de fiesta: los trabajadores habían cobrado y gastaban su dinero en aguardiente en el merendero de la pensión. Algúno que otro se dio su escapada a Tepic para visitar a las muchachas que se iluminan la cara y se dejan las uñas largas.
Amainado el sol de mediodía e interrumpiendo el pleno ajetreo de los improvisados albañiles, con el gobernador indígena por un lado y el ingeniero en jefe de pelo recién engomado por el otro, el comisario municipal anunció, después de reconectar tres veces el altavoz, que gracias a sus gestiones y a la generosidad de su partido y del Gobierno del Estado, pronto llegaría la electricidad, símbolo del progreso, a Tekuikari de Aguirre y tendrían el honor de recibir al Señor Gobernador Constitucional del Estado para alumbrar por primera vez la sierra.
A la semana del anuncio, los mestizos, fuera en los Transportes del Watar, fuera en sus camionetas, llegaban cuidando, como si fueran grandes tesoros, lustrosas cajas. Doña Roberta, la de la pensión, ahora convertida en mueblera, había necesitado tres peones para descargar, además de dos juegos de sillas con cubierta de vinil floreado y tres roperos, otras cajas que traía desde Tepic. Ni un segundo dejo de estar pendiente de su carga.
–Cuidadito, cuidadito, ¡ay!, cuidadito ­–los exhortaba poniéndose las palmas enmarcando sus cachetes, al propósito para evidenciar su preocupación –, allí sobre la mesa, cuidadito, cuidadito…

El Sanbigotes seguía con los trabajos del cuarto que acogería la maquinaria al tiempo que el Quijadas hacía retirar las piedras del camino desde la pista de aterrizaje hasta la plaza.
–Hasta allí, que más pa´tras ni se ve –le gritaba a Cirilo para que aventara las piedras atrás del muro de la iglesia.
Griseldo habían resultado de utilidad para los ingenieros y también le hacía de mandadero entre uno y otro grupo, pero la mayor parte del tiempo sólo traía las cocacolas frías que los ingenieros de Tepic bebían como agua.
Los trabajos de construcción continuaban apenas superando el amodorramiento del calor de la sierra hasta el día cuando una voz gangosa radiada desde Tepic avisó a los ingenieros que en una semana comenzaría la gira del señor gobernador. Después de un soplido paquidérmico a punto de romper la bocina del radio de onda corta, el licenciado Gómez de Tepic, ya con una voz más despejada, continuó informando al ingeniero en jefe, aquel de los cabellos engomados, que la planta de luz iba ya en camino. Lupe, la de allá por el río, nada más sacudía la cabeza a medida que veía levantarse los muros y poblarse de postes el pueblo pues ella conocía bien de presagios y pronto la obra demandaría algún sacrificios.
Tres días después de la llamada de radio, llegó el Quijadas manejando la camioneta destartalada y apurando a todos, el Sanbigotes se acomodó a su lado en la cabina y treparon a toda la gente a la caja. Ni a los que pintaban los muros los dejaron enjuagar las brochas, y hasta algunos botes de pintura quedaron sin tapar. Entre ellos sentaron a Griseldo. Al principio los trabajadores, ya acostumbrados al polvo, reían y bromeaban amontonados sobre el transporte, ni les importaba la polveada que se estaban dando. Cirilo, levantando las manos, los entretenía con sus historias, pero nada más salieron del pueblo y agarraron bajada, el Quijadas empezó a aumentar la velocidad aprovechando la pendiente del camino. Ya el narrador, aunque no paraba de hablar, no usaba los dos brazos para ilustrar su historia, sólo levantaba el derecho y mantenía el izquierdo sosteniéndose a un lado cada vez con más firmeza. Saliendo de una curva, el transporte topó con un vado que hizo relinchar a la camioneta y, después del susto inicial, todos rieron nerviosamente ya con una mano sobre el sombrero y con la otra agarrándose de donde podían. Para entonces todas las voces habían enmudecido, si acaso surgía alguna risa nerviosa nada más pasaban algún brinco. Jesús estaba acomodándose el sombrero entre las piernas para sostenerse mejor y, en eso, la camioneta pasó otro vado que lo echó hacia atrás. Así que terminaron todos apretujados en cuclillas dentro de la caja. Al salir de una curva, casi llegando a los Venados, el Quijadas tuvo que estirar la pierna lo más que pudo para frenar con todas sus fuerzas. La camioneta se zangoloteó con todos sus ocupantes, las llantas chirriaron y se levantó la polvareda y la cabeza de Griseldo rebotó contra el parabrisas.
Se encontraron frente a frente con la gigantesca maquinaria. La planta de luz, protegida por lonas blancas donde se leía con letras verdes y rojas “trabajando para ustedes”, estaba allí sobre su plataforma en el camino. La causa del apresuramiento había sido que el tractor, motor del conjunto, había pasado sin problema una curva cerrada, pero al seguir avanzando, las primeras llantas de la plataforma habían perdido el camino y quedaron suspendidas a la orilla. El chofer, nada más sintió que el peso ya lo estaba jalando hacia el talud, se detuvo.
El bigotón firme, levantando un brazo y agitándolo frente a la cara del chofer como si lo fuera a cachetear, le ordenó que continuara avanzando.
–Que no ve –resongó el otro señalando hacia el talud– que si sigo me caigo con todo y el armatoste éste, y si se cae, ni Dios Padre lo levanta.
Para colmo, la camioneta de los Transportes del Watar había alcanzado el sitio y comenzó a sonar su bocina que repetía acordes de “La Cucaracha”. El Sanbigotes trataba de parecer firme pero cada que lo sorprendía de nuevo el pitazo daba un pequeño brinco que iba menguando su aplomo hasta que, desesperado, mandó a Griseldo a callar la escandalosa melodía. El muchacho se acercó por un lado a la camioneta azul que ostentaba en su defensa un letrero en letras rojas con simulados flamazos en naranja: “rayo de la sierra” y arriba, en el parabrisas otro en letras góticas: “el señor es mi camino”. El chofer, un joven de incipiente bigotito, escuchaba a todo volumen un corrido de los Tigres del Sinaloa. Griseldo tuvo que palmear varias veces la destartalada puerta de la camioneta antes de poder expresar su explicación. Resignado, como otras veces, a la obligada e indefinida espera, a gritos repitió la explicación a los pasajeros, éstos bajaron de la camioneta y nos les quedó otra que sumarse a los curiosos. Una rotunda mujer de Los Meandros que bajó del transporte, levantó su canasta con fruta y comenzó a vender guayabas y ciruelas de a tostón la pieza. Totalmente perdida su autoridad, el bigotón negoció con ella y se llenó los bolsillos de frutas para tumbarse bajo un árbol, según dijo, a supervisar el equipo y esperar la llegada del jefe. Su compañero se lanzó a buscar nuevas instrucciones, no sin antes regresar a la cuadrilla a la caja de la camioneta, los cuales, ya ni lo pensaron, se acomodaron en cuclillas con el sombrero entre las piernas.
El Quijadas, pegando la cara al volante tanto como podía y sólo pronunciando su quijada por encima de éste, aceleraba. Nada más llegaron a la pensión, mientras el ingeniero daba la explicación, los demás corrieron la voz. Hasta los niños dejaron la escuela. Por las veredas del monte fueron llegando, algunos a pie, y en mulas los que podían, a conocer la planta de luz que reposaba en el camino.
Sin tiempo siquiera para terminar de engomarse el cabello, el joven jefe tuvo que privarse de su cerveza fría y de la sombra de casa de Doña Roberta. Llegó rugiendo el motor de su camioneta. Tan decididas tocaron sus lustrosas botas el suelo que la gente se levantó de la sombra para acercarse. Parecía un charro bien plantado con las piernas abiertas y sus brazos en jarros; a cada lado se acomodaron sus ayudantes y delante de ellos Griseldo, detrás la cuadrilla y más allá sin dejar mucho espacio los demás mirones. El grupo parecía moverse como uno solo siguiendo al ingeniero: todos se inclinaban, nada más él se inclinaba y estiraban la cabeza cuando señalaba, pero el jefe tanto miró y remiró la planta, y tanto revisó y volvió revisar las llantas sin que pasara ni dijera nada y el calor que no bajaba, que poco a poco los mirones comenzaron a desgranarse para no perder sus lugares a la sombra.
El ingeniero en jefe seguido por sus dos subalternos con Griseldo regresaron al pueblo. Con la cara fruncida ordenó a don Juan que lo comunicara a Tepic.
–Necesitamos nos mande una grúa – atinó a decir en el micrófono nada más lo comunicaron con el licenciado Gómez.
La voz gangosa de la radio se elevó en un chillido y contestó que si era mago para inventarse un presupuesto, y aullando, que mejor él solucionara pronto el problema, que no se iba a cambiar la gira del señor gobernador por una tontería así.
Recapacitando por el parentesco del ingeniero con la esosa del gobernador, terminó con un déjeme ver que hacemos.
Hasta la tía lejana intervino; giraron algunos oficios, algunas llamadas y tras dos gritos de la gobernadora, al día siguiente, un poco más solícito, el licenciado Gómez avisó que ya estaban enviando, desde la presa de Aguamilpa, una grúa de 60 toneladas y como queriendo recuperar su autoridad: no vayan a ocupar el equipo más de doce horas que se espera próximamente la llegada de las turbinas.
Ni siquiera habían regresado los trabajadores que habían dormido al descampado. A la mañana ya había dos mujeres de Los Venados vendiendo tacos de frijoles y arroz. Las camionetas ya había solucionado el problema del transporte organizando una corrida desde Tepic hasta la planta de luz. Llegando al atorón todos tenían que descargar sus cosas, pasar por el desnivel al lado de la planta, regresar al camino y pagar una dejada extra en una vieja camioneta que hasta entonces había dormido su olvido en alguna de las calles de Tekuikari. Si alguno reclamaba por el doble pago, le contestaba el chofer: éste es otro carro, así que si ya pagó algo fue al otro, a mí, no me ha pagado nada.
Los ingenieros ya no mostraban ese aire de sabiduría y seguridad con el que habían llegado. A los dos días todo Tekuikari de Aguirre, salvo los viejos y los enfermos, como sea, a pie, a caballo o en mula, había descendido las tres horas de camino para ver lo que pasaba.
Lupe, la vieja de junto al río, estaba acuitada, seguía alimentando el bracero con copal pues había escuchado el canto de una lechuza y estimaba que pronto llegarían malas noticias. Las mujeres, con canastas y comales, y con los niños colgados de sus enaguas, acompañaban a sus hombres. El Comisario Municipal bajaba hasta dos veces al día y regresaba sin nuevas, eso sí, siempre cargando sus gastos de gasolina al presupuesto municipal.
Al tercer día del atorón, mientras curiosos, ingenieros y trabajadores, dormitaban el calorón de medio día, Griseldo, escondido entre la máquina y la montaña se masturbaba pensando en Benigna cuando vio levantarse algo en el horizonte. Se jaló el pantalón de manta como pudo y, con un grito, señaló hacía el camino. Llenos de tedio, los ingenieros salieron amodorrados de sus camionetas y se alegraron al reconocer la pluma de la grúa que con su lento andar comenzaba a sobresalir entre los cerros. Poco a poco, como sol al amanecer, fue surgiendo de la curva el color amarillo de la tan esperada máquina. Al llegar el nuevo equipo los ingenieros se felicitaban y se palmeaban la espalda como si todo el trabajo ya estuviera terminado.
El operador de la grúa, una cabezón yucateco que había dejado su tierra por una nayarita, se presentó sonriente con el sobrino de la gobernadora quien ya no pisaba como charro de cine y sus escasos cabellos, todavía con algunos restos de brillantina, formaban un extraño amasijo sobre su cráneo.
–A ver, traiga su máquina –ordenó el jefe señalando el armatoste– y ponga de regreso la plataforma en el camino que llevamos cuatro días de retraso.
Sin perder su sonrisa, el yucateco se quitó la gorra, la sostuvo con la boca, y con las dos manos comenzó a rascarse la cabeza. Hasta después de un rato que terminó de frotarse el cráneo y volvió a colocarse la gorra, contestó:
–No creo, ninio. Desde este lado va a estar canijo y por lo que se ve no hay manera de pasar al otro lado.
El Sanbigotes, separando un poco de su boca el taco que recién había mordido, pero sin tragar todavía el bocado, sugirió, entre granos de arroz y pedazos de huevo bailando en su boca, que la grúa levantara la parte trasera del armatoste tratando de equilibrarlo. Mientras veían como el alimento en su boca comenzaba a formar una sola masa, continuaba explicando que así, al avanzar el tractor, podría recuperar su lugar en el camino. No teniendo otra mejor idea y para evitar la imagen del bocado del tragón aceptaron.
El yucateco acercó su equipo; como vaca inflada la grúa comenzó a abrir sus patas plantándose firme en el piso. Acompañada de gruñidos y bramidos creció la pluma como una torre. Todos se acercaron a contemplar la maniobra. Pocos de por allí habían visto alguna vez una máquina así. Los ingenieros, con ayuda de un par de peones, atoraron el gancho en uno de los lados de la plataforma. Lentamente con bufidos el cable comenzó a tensarse y su pestilencia a ahumar el ambiente. Los mirones, confiados, se acercaban más y más. El cable parecía cuerda de violín sobretensada. Poco a poco la grúa comenzó a levantar el transporte. Los ruidos metálicos se mezclaron con el sonido de la tierra que se desgajó del talud. Nada más quedaron atrás los sombreros y los pedazos de tacos de los mirones que al primer tronido ya habían brincado varios metros.
–¡Párele, párele! –gritó el Quijadas, ante la inclinación de la planta.
Mientras sucedía eso, el ingeniero en jefe ya había tenido una idea e indicó sus instrucciones. Griseldo tradujo la orden a los peones que se montaron en la camioneta para acarrear algunos de los postes. Otras vez, con todos los demás, el Quijadas trepó a Jesús a la camioneta.
Mientras cruzaban el lugar, el pueblo parecía abandonado. Sólo los más viejos seguían allí sentados en las banquetas protegiéndose del sol del mediodía. Ni el polvo se agitaba. Desde la banqueta de la plaza, Lupe, la vieja agorera, miró cómo amarraban los palos sobre la camioneta.
Jesús y los otros regresaron, todos zangoloteados, con tres de los postes sobrantes y los ingenieros les ordenaron que colocaran los maderos bajo la plataforma. La grúa volvió a bufar pero nada más levantaba un poquito, los maderos, carentes de sostén se resbalaban donde el talud se había desgajado.
–Tú, tú, tú … –señaló el ingeniero en jefe pero se detuvo a arreglarse el mechón de cabello que le escurría por la frente; miró a Jesús que aunque alto, le pareció demasiado entelerido y mejor estiró el dedo rumbo a Cirilo y los que estaban junto a él– tú, tú y tú sostengan esos palos y cuando les grite, los empujan bien recio y por nada del mundo los vayan a soltar.
Griseldo repitió las palabras en watari y los seis levantaron los troncos y los introdujeron bajo las llantas de la plataforma; los demás peones se pusieron atrás del equipo. Las familias y demás mirones ya andaban rondando entre los trabajadores y algunos, ya como voluntarios, se sumaron a los que iban a empujar. El hijo de Jesús, curioso dando vueltas como palomilla alrededor de una candela, merodeaba por todas partes. El chofer de la planta de luz se colocó tras el volante listo a avanzar nada más levantaran la plataforma. La grúa alzó un poco la parte trasera cuidando de no desgajar el talud y los seis forzudos, a la orden del jefe, presionaron los troncos. A una seña del ingeniero, arrancó el tractor que al girar sus ruedas patinando, lanzó tal cantidad de tierra que un grupo de mirones salió corriendo y la tensión se aflojó en una risa general. Todo tronaba: las llantas del tractor resbalando sobre la tierra, los maderos crujían, el cable de la grúa, el latigueo de las voces de los ingenieros. Los de atrás empujaban y empujaban y nada; pero eso no disminuía la diversión general. Todos reían de sus caras de pujido pero nada que se movía. Los niños pequeños corrían, las mujeres bromeaban y les gritaban cosas a sus hombres. Griseldo estaba emocionado, cómo que quería ayudar y cómo que quería ser parte de todo el trajín; se acercaba a Cirilo que estaba empujando uno de los extremos del tronco, se acercaba a Aurelio, regresaba con uno y se movía de uno a otro.
Coincidiendo con un grito del ingeniero bigotón, los que empujaban, al sentir un ligero avance, presionaron con más fuerza. Los forzudos, escurriendo de sudor, sostenían los maderos para evitar que estos perdieran su lugar bajo los neumáticos. El chofer oprimió el acelerador y giró el volante buscando agarre contra el piso. El tiempo despertó recuperándose vertiginoso desde su letargo. Con un tronido las llantas hicieron contacto contra los troncos y todo se destrabó.
Hasta los pájaros y los insectos enmudecieron un momento para dar paso a la confusión.  Sólo se escuchaban gritos y llantos. El chofer frenó la máquina y el motor se apagó. Los brazos se estorbaban en jalones y empujones tratando de separar los troncos. El ingeniero en jefe se frotaba la cabeza yendo de uno a otro lado. El yucateco se erigió en líder dirigiendo a los que intentaban sacar los cuerpos prensados de entre los troncos. Las mujeres buscaban a sus maridos y los niños chillaban desamparados.
El Sanbigotes condujo a su jefe a la camioneta esperando instrucciones. Después de tranquilizarse, en un chillido apenas audible, le indicó a su subalterno:
–Tómate una camioneta y volado cárgate con los heridos a la Cruz Roja de Tepic.
El bigotón protestó porque mucho más cercano estaba el hospital de Jesús María, capital del municipio.
Luego, recuperando su aplomo, el ingeniero en jefe elevó la voz:
–¡Qué no entiendes una orden!, que se los lleve el Quijadas para Tepic y ahorita mismo averíguate hasta cuánto podemos dar por los muertitos; empieza ofreciéndoles la mitad a las familias, pero que te firmen rapidito una responsiva, que se metieron de voluntarios y que lo de los palos fue idea suya, al fin ni entienden español. Si se te ponen difíciles hablas con los de la judicial y les ofreces la otra mitad... ¡Y apúrense que el gobernador llega en dos días!

La mañana de la inauguración todavía estaban conectando cables y pintando paredes. Las puertas de metal, más grandes que las de la presidencia municipal, también llegaron esa mañana desde Ruiz y se acomodaron sobre los muros esperando unas bisagras que jamás enviarían. Eso sí, la que llegó con bastante anterioridad, custodiada por personal de la secretaría, fue la placa conmemorativa con el nombre del gobernador y su esposa. Todo en mayúsculas y con letras aun más grandes que el nombre del presidente Cárdenas que había inaugurado medio siglo atrás el puente colgante. El licenciado Gómez, con su voz gangosa, se comunicó varias veces, hasta que el joven ingeniero le aseguró que había sido correctamente colocada y pulida.

Antes de reconocerse en el cielo, ya perturbaba el ambiente el potente avión del gobierno del estado. El Comisario Municipal, al lado del sequito que había llegado desde Tepic, estrenaba pantalón. Algún visitante de buena vista señaló al cielo. Esta vez, don Juan había tenido cuidado de amarrar los animales desde temprano y la recién alargada pista apenas pudo acoger la aeronave.
Los tambores de la banda de guerra levantaron sus baquetas listas a repicar. Los trompetas lanzaron un par de escupitajos y empinaron sus instrumentos. Entre tanto, las mujeres avivaron el fuego de las ollas de tamales.
Sin esperar siquiera que concluyeran las dianas, y nada más tomándose el tiempo suficiente para bajar del avión y caminar hasta la camioneta más grande, el hombre calvo de aspecto prepotente subió al vehículo. Toda la comitiva se apretujó buscando lugar en las camionetas. El comisario municipal no alcanzó lugar y, junto con todos otros visitantes, tuvieron que escalar entre los jacales hasta la plaza donde habían improvisado el templete. Ni quien ayudara a las mujeres de tacones y copetes que eran rebasadas por las indias de huaraches.
Todos querían contemplar a las autoridades que bajaban de los autos. Señalando a uno y otro personaje intentaban reconocer los seguramente distinguidos rasgos del señor gobernador.
Cirilo se paraba silencioso entre Jesús y Valeriano. Nada más se recuperó del accidente ni lo reconocían de tan callado. Todos extrañaban sus quejas y aspavientos.
Desde el templete uno de los trajeados visitantes, después que reconectaron varias veces el altavoz,  anunció que “debido a compromisos ineludibles en la capital del estado, el señor gobernador no ha podido asistir personalmente, aun con el pesar que eso le embarga, pero los acompaña de corazón y envía como digno representante al señor licenciado don Adalberto Gómez, secretario particular del director de obras del estado”. El hombre de los zapatos lustrosos levantó ambos brazos y agradeció con una inclinación de cabeza.
Después, con su voz gangosa, leyó su discurso a “esos hijos formadores del estado” recalcando “el interés del gobierno estatal por sus pueblos indígenas, raíces nuestras y realidad viva”. Varias veces el licenciado Gómez escandalosamente se limpió la nariz con su pañuelo y con un “por primera vez, gracias a esta administración, la sierra se ve beneficiada de los avances del progreso”, jaló el interruptor que ruidosamente arrancó la planta y a medio día, la luz eléctrica iluminó por primera vez Tekuikari de Aguirre.
Don Juan, operador del radio y responsable de la pista, resultó el candidato asignado para manejar la planta de luz. Encendía la planta poco antes de las seis de la tarde y a las diez la apagaba.
Los mestizos ya habían destapado aquellas cajas de cartón que con tanto cuidado habían colocado en los mejores lugares de sus casas y presumían, aunque recibían un único canal, sus nuevas televisiones ahora protegidas con manteles de plástico.
“Ni para lo que se ofreciera” se habían guardado tantas cajas. Los niños, arrastrándolas a la playa del río, crearon un efímero pueblo, que ya medio roto de tantos juegos comenzaría a desbaratarse con la primera lluvia y terminaría desapareciendo con la crecida.
 Los refrigeradores siguieron operando a gas. La iluminación de los postes clavados por todo el poblado, sobre todo en la parte mestiza, opacó las estrellas. A través de las ventanas de los mestizos se distinguía el color azulado de las pantallas y los vecinos dejaron de salir a la calle por la tarde y los niños comenzaron a rondar atisbando por las ventanas.
Después de varias semanas de convivencia con la electricidad y con las explicaciones del maestro Estalin que afirmaba que sólo el progreso haría libre al hombre, Griseldo llegó a una conclusión.
–Ya sé pa qué es la planta de luz –le dijo a Nepo.
–Claro, pa que haya electricidad –contestó su primo.
–Bueno, eso sí, pero sé para que sirve realmente.
–Pues pa’ que haya luz
–No, tonto. Luz siempre ha habido. Cuando la luna no alumbra lo suficiente se usan las lámparas de aceite y antorchas. Esas aluzan más y no necesitas alambres y se pueden mover de un lado a otro.
–Entonces, a ver listo, pa’ qué sirve la planta de luz?
–Pues, para ver la televisión.

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